Observarse
Darse cuenta de lo que uno hace, siente y quiere. Es el punto de partida: nadie puede regularse si no nota qué está haciendo.
“Llevo mucho rato con el celular y no he empezado la tarea.”
Guía para padres
Son las capacidades que nos permiten dirigirnos a nosotros mismos hacia una meta: darnos cuenta de lo que hacemos, frenarnos antes de actuar, imaginar lo que viene, hablarnos por dentro, animarnos y buscar soluciones. Gracias a ellas actuamos pensando en el después y no solo en el ahora.
Contenido basado en Russell A. Barkley, Executive Functions: What They Are, How They Work, and Why They Evolved (Guilford Press, 2012).
Durante décadas se les describió como “lo que hace el lóbulo frontal”, y en una reunión de expertos llegaron a enumerarse 33 funciones distintas bajo ese nombre. Barkley propone una definición más clara: las funciones ejecutivas son autorregulación. Son acciones que dirigimos hacia nosotros mismos para elegir metas y para planear, iniciar y sostener en el tiempo lo necesario para alcanzarlas.
Pensemos en un niño que tiene que entregar una maqueta el viernes. Para lograrlo necesita darse cuenta de que el tiempo corre, dejar la tableta, imaginar cómo quiere que quede, decirse por dónde empezar, animarse cuando se cansa y buscar otra solución si le falta material. Todo eso son funciones ejecutivas.
La clave es el tiempo. Las funciones ejecutivas unen el presente con el futuro: nos permiten preferir una recompensa mayor más adelante sobre una pequeña inmediata. Por eso, cuando fallan, la persona queda atrapada en el “ahora”.
Dependen principalmente de la corteza prefrontal y de sus conexiones con otras regiones del cerebro. Su maduración es lenta: se extiende hasta la adultez temprana.
Barkley describe seis acciones que primero se dirigen hacia afuera y, con el desarrollo, se vuelven hacia uno mismo y se hacen internas. Las tres primeras son la base de las demás.
Darse cuenta de lo que uno hace, siente y quiere. Es el punto de partida: nadie puede regularse si no nota qué está haciendo.
“Llevo mucho rato con el celular y no he empezado la tarea.”
Frenar la respuesta automática, interrumpir lo que no funciona y proteger la tarea de las distracciones. Esa pausa abre el espacio para pensar.
Levanta la mano en vez de gritar la respuesta.
Volver a ver en la mente lo que pasó (retrospectiva) para anticipar lo que viene (previsión). Es la imaginación puesta al servicio de una meta.
Recuerda que la vez pasada olvidó el material y lo deja listo desde la noche anterior.
El habla interna: darse instrucciones, hacerse preguntas y seguir reglas. Los niños pequeños lo hacen en voz alta; con los años se vuelve pensamiento.
“Primero sumo las unidades, luego las decenas.”
Calmar una emoción intensa y cambiarla por otra más útil, valorar si algo vale el esfuerzo y generar la “gasolina” para seguir cuando no hay recompensa inmediata.
Se enoja porque perdió, respira y decide pedir la revancha.
Desarmar una situación y combinar sus partes de otra forma para probar alternativas en la mente. Nace del juego con objetos y del juego simbólico de la infancia.
No hay cartulina, así que arma el cartel con hojas pegadas.
Las funciones ejecutivas nacen hacia afuera y poco a poco se vuelven internas. Un niño pequeño se habla en voz alta mientras juega; después lo susurra y, más tarde, lo piensa. Lo mismo ocurre con las imágenes, las emociones y el juego: primero son visibles y luego se convierten en actividad mental.
Cuanto más madura el sistema ejecutivo, más lejos en el tiempo puede una persona anticipar una meta y prepararse para ella.
Mientras estas funciones maduran, los adultos las “prestan”: ponen reglas claras, recuerdan, organizan el tiempo y ofrecen consecuencias artificiales (un premio, una estrella) para lo que el niño todavía no valora por sí mismo. Estos andamios se retiran poco a poco, a medida que el niño puede sostener la conducta por sus consecuencias naturales.
Si una habilidad básica se desarrolla con retraso, la función ejecutiva que depende de ella también se ve afectada. Por ejemplo, un retraso del lenguaje dificulta el habla interna.
Cuando se estudian las funciones ejecutivas con escalas que llenan las personas que conocen bien al evaluado, aparecen cinco grandes áreas. Estas son algunas señales de dificultad en cada una.
Deja todo para el último momento, calcula mal cuánto tarda en hacer algo, llega tarde, olvida fechas y solo reacciona cuando el plazo ya está encima.
Pierde sus cosas, no sabe por dónde empezar un trabajo largo y, ante un obstáculo, repite lo mismo que no funcionó o abandona.
Actúa o habla sin pensar, interrumpe, le cuesta esperar su turno, se distrae con facilidad y elige lo que le gusta ahora aunque le cueste después.
Solo trabaja con supervisión o con un premio inmediato; empieza con entusiasmo pero no termina, y fácilmente se le etiqueta como “flojo”.
Reacciona de forma intensa o desproporcionada, tarda en calmarse y se frustra con facilidad cuando algo no sale como esperaba.
En la población general, la organización y la solución de problemas es el área que más distingue a unas personas de otras. En el TDAH, la diferencia más marcada está en el manejo del tiempo.
Barkley lo describe como una miopía hacia el futuro: así como un miope ve borroso lo que está lejos, a estas personas les cuesta tener presente lo que viene. Su conducta queda gobernada por lo inmediato: lo que tienen enfrente, lo que se siente bien en este momento, lo que urge hoy.
Por eso las dificultades ejecutivas son, sobre todo, problemas de desempeño y no de conocimiento. El niño suele saber qué debe hacer; lo que no logra es hacerlo en el momento y en el lugar en que se necesita.
Las funciones ejecutivas existen, sobre todo, para convivir: cumplir acuerdos, esperar turnos, cooperar, cuidar de los propios intereses a largo plazo sin pasar por encima de los demás. Por eso sus dificultades no se quedan en la tarea: pueden afectar la escuela, las amistades, la vida familiar y, más adelante, el trabajo, el manejo del dinero y la conducción.
No es falta de ganas: es una dificultad para usar lo que sabe en el momento en que lo necesita.
Las pruebas neuropsicológicas en consultorio miden las funciones ejecutivas durante unos minutos, en un ambiente tranquilo, con una persona que guía y estructura la tarea. La vida diaria exige lo contrario: organizarse durante horas, días o semanas, con distracciones y sin nadie que recuerde los pasos.
Por eso, según los estudios que revisa Barkley, una prueba aislada comparte apenas entre 0 y 10% de lo que miden las escalas del funcionamiento ejecutivo en la vida diaria, y la mayoría de las personas con TDAH obtienen resultados normales en esas pruebas, aunque sus dificultades cotidianas sean claras.
Un resultado “normal” en las pruebas no descarta dificultades en la vida diaria. Una buena evaluación combina varias fuentes.
Miden inhibición, memoria de trabajo, planeación y flexibilidad en el momento. Sirven para entender cómo procesa la información.
Cuestionarios estandarizados que responden padres, maestros y, según la edad, el propio niño, sobre cómo se desenvuelve en casa y en la escuela.
Qué tan independiente es en su cuidado personal, sus rutinas y su vida social.
El desarrollo, los reportes escolares, las boletas y la opinión de quienes lo conocen bien.
Si lo que falla es la capacidad de guiarse por lo que se tiene en mente, la solución es sacar esa información al exterior y apoyar al niño justo donde y cuando tiene que actuar.
Reglas, pasos y recordatorios en carteles, listas o tarjetas en el lugar donde se necesitan. Pedirle que diga los pasos en voz alta. Quitar distractores atractivos de la zona de trabajo. Repetirle “acuérdate” o “échale ganas” no sustituye estas ayudas.
Relojes y temporizadores a la vista. Dividir los trabajos largos en pasos diarios, con revisión y reconocimiento inmediatos, en lugar de un solo plazo lejano.
Recompensas frecuentes e inmediatas durante la tarea, como puntos o fichas. Para estos niños funcionan como unos lentes o una rampa. Dejar que “aprenda con las consecuencias” o regañarlo por flojo no resuelve el problema.
La ayuda funciona en la casa, el salón y la hora de la tarea. Cuanto más lejos en tiempo y lugar esté de ese momento, menos efecto tiene. Una sesión semanal sin cambios en casa y escuela rara vez basta.
Barkley compara estas dificultades con la diabetes: no hay una cura, pero sí un manejo que se mantiene y se ajusta con el tiempo. Si los apoyos se retiran de golpe, la conducta suele regresar a como estaba.
En el TDAH, la medicación indicada y vigilada por el médico especialista es, según Barkley, el tratamiento que más mejora estas funciones mientras hace efecto. La terapia cognitivo-conductual centrada en el manejo del tiempo, la organización y las emociones complementa el tratamiento.
El apoyo va en el lugar y en el momento de la acción, y se mantiene mientras el niño lo necesite.
Una evaluación neuropsicológica que combine pruebas, escalas de la vida diaria y la información de casa y escuela permite ubicar en qué áreas necesita apoyo y diseñar un plan para cada contexto.
Barkley, R. A. (2012). Executive Functions: What They Are, How They Work, and Why They Evolved. Guilford Press.
Si algo de lo que leíste te hizo pensar en tu hijo, una evaluación puede darte claridad: muchas veces para tranquilizarte y, cuando hace falta, para empezar a tiempo.
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